01 / 07 / 2018 - 01 / 08 / 2018

El Valle de Lecrín, Granada

“[...] al igual que una fuerte ráfaga de viento puede dispersar las nubes y dejar al descubierto el sol resplandeciente y el ancho cielo, también alguna inspiración puede poner al descubierto vislumbres de esa naturaleza de la mente. Estos vislumbres pueden ser de diversos grados e intensidades, pero todos ellos proporcionan alguna luz de comprensión, de signicado y de libertad. Ello es así porque la naturaleza de la mente es de por sí lla fuente misma de la comprensión. [...]” (Rimpoché, S. El libro tibetano de la vida y la muerte, 2015 : 

El ser humano, entendido como individuo capaz de iniciar la transformación de todo lo que le rodea a raíz del simple hecho de ser consciente de una manera objetiva, es el punto de conexión que relaciona la unidad con toda diversidad y permanencia del ser en nuestro mundo. Aunque aparece como una realidad constante y previa a nuestro existir, la primera transformación, el paso de la unidad a la dualidad, introduce el microcosmos en una línea continua que lo relaciona con la sociedad, entendida como macrocosmos. En esta dualidad entre lo social y lo individual, separada de toda moralidad y concepción de la ética, aparece el cosmos y por lo tanto, el triángulo de improvisación y creación. En este punto de la transformación que inicia el ser como individuo, es donde comienza este proyecto. Los esfuerzos por organizar de una manera orgánica y lúdica las diferencias, prejuicios e injusticias de nuestra realidad es aquello que nos mantiene en una posición de dualidad con la sociedad pero que a la vez dibuja el realismo interno de una cultura en la que está envuelta el cosmos. En este momento, el arte se pronuncia como una proposición ante la vida para hacerla más habitable y servir al ser humano como «animal metafísico» a sostenerse en un mundo de ficciones mutuas. Habitar significa dejar huellas y por lo tanto ser consciente de aquellas acciones que se producen en nuestra vida cotidiana es la manera en que se hace tangible el espacio de una forma mucho más enriquecedora.

 

El artista alemán Wolf Vostell, uno de los mayores influyentes del movimiento fluxus comentaba en una de sus entrevistas: «Yo no quiero ser artista del siglo XX sin haber ofrecido mis comentarios sobre mi siglo. […] La desorientación de la vida cotidiana es muy grande y yo debo hacer mis comentarios sobre eso. Se vive en una época en la que el malentendido, las divergencias humanas, las contradicciones del pensamiento y del comportamiento son muy grandes. Simultáneamente es una de las experiencias más grandes de la vida el vivir dentro de múltiples contradicciones, y ahí y tengo que ser una montaña en medio del mar más agitado». (Agúndez García, 1999).

 

Como podemos observar, existía una cierta similitud de su época con la nuestra. La principal función del trabajo del artista para Vostell era la educación, y con ello, la de ser intermediario de los procesos más complejos que intervienen en las diferentes estructuras que componen la vida, la naturaleza, etc. En el descubrimiento que hace sobre el término dé-coll/age como adecuamiento de una actitud procesual o idea, más allá de la técnica del pegado y despegado, se encuentra la concepción de poder observar el todo como un conjunto de realidades entrecruzadas que en la práctica sobrepasan lo visual para conectarse directamente con lo que es vivido. Él hablaba de la destrucción como una práctica que liberaba un montón de energía y que a la vez dibujaba las bases de toda futura creación, tomando la documentación como parte fundamental de la obra. En este proceso se entronca aquel conocimiento que está fundamentado por los elementos que son atraídos desde la fuerza de lo imaginado, donde la propia virtud del espíritu es capaz de construir una cadena asociativa de relaciones capaces de aproximarnos a una realidad del saber que coopera entre la realidad como punto de partida y el saber como final o punto de partida al mismo tiempo.

 

Tomando como referencia la técnica y concepción del término dé-coll/age, trabajar alrededor de aquello que ocurre en el medio urbano y en la intersección de los diferentes barrios y sus habitantes, resulta algo fascinante. Sólo aquí se puede tomar contacto con aquello que tanto anhelamos de la naturaleza, desprendiéndonos de nuestro ser como ciudadanos. El aislar la obra de arte del espacio en el cual la acostumbramos a ver, es la única forma de conectarnos de una forma cercana con aquello que se relaciona directamente con nuestra vida. «La auténtica experiencia artística se percibe al toparnos con las obras sin aviso, en el deambular de la ciudad» (Suso33 : 93). En el contexto de lo cotidiano, somos capaces de construir aquellas relaciones que interaccionan con las diferentes realidades del saber que acostumbramos a tomar como verdaderas, para llegar así a un más allá de la experiencia. Este conglomerado de fragmentos de conexiones entrecruzadas en las que interviene el dé-coll/age, intenta reflejar como el ruido de aquello que resuena en nuestro interior y en el exterior puede servir como análisis de la estructura social y escultórica, el comportamiento humano y su relación con los astros. Por lo tanto, de alguna manera, la práctica de mi investigación durante la residencia sirvió como revelación de aquello que llama Gurdjieff lo milagroso, penetrando en aquello que no vemos a primera vista y que se esconde detrás de los diferentes procesos y combinaciones de nuestra realidad.

 

«[…] Entonces ya había reconocido como un hecho innegable que detrás de la fina película de falsa realidad, existía otra realidad de la cual, por alguna razón, algo nos separaba. Lo “milagroso” era la penetración en esta realidad desconocida. […] Paralelamente, llegué a la conclusión de que una escuela -no importa como se llame: escuela de ocultismo, de esoterismo o de yoga - debe existir sobre el plano terrestre ordinario como cualquier otro tipo de escuela: escuela de pintura, de danza o de medicina. Me di cuenta de que la idea de escuelas “en otro plano” era simplemente un signo de debilidad: esto significaba que los sueños habían reemplazado la búsqueda real. Así comprendí que los sueños son unos de los obstáculos más grandes en nuestro camino eventual hacia lo milagroso. […]» (Piotr Demiánovich, 2000: 21-24)

Cartografía de un cuerpo en movimiento, 2019
122 x 80 cm
Comandas de bar quemadas montadas sobre tabla

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Manuel Senén Ruiz © 2019

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